El Amor De Ana

 

 

 Estaba parada frente al escaparate de una tienda. La reconocí al instante. Usaba ropa de colores llamativos y en vez del clásico moño en la nuca, tenia el pelo corto y suelto.

-¡Ana! ¡Ana!- llamé.       

 Volteó la cabeza con brusquedad como si de repente regresara de un mundo distante y propio. Nos abrazamos. Nos tomamos del brazo y caminamos hasta su casa.

 Sentadas debajo de una solitaria mata de limón que sobresalía en el pequeño patio conversamos hasta cuando las últimas luces del día se disolvieron en el negro centro de la noche. Me habló de la capital, de su vida presente y de la pasada, concentrándose luego en lo que parecía ser un punto recurrente en su cabeza: el amor, el matrimonio, la soltería.

 -La amargura me secó inexorablemente el alma. En mi realidad la obsesión y la melancolía volvían mi corazón cada vez más estéril para el amor. Nadie participaba de mi drama, yo tampoco participaba en el de los demás.

 Era un círculo de acero que apretaba cada vez más mi vida, llenándola de inseguridades y  angustias.

 El amor es algo bello, pero por amor entendemos tantas cosas, y al fin y al cabo no es el amor mismo el que hace daño sino la forma de concebirlo, el lugar que tiene en la mente de una, la manera de buscarlo. ¿Puede ser bueno algo que obsesiona, que atrapa la mente en una fuerza centrifuga, envolvente y asfixiante? ¿Es amor aquello que estrecha los límites del sentimiento humano?  Es ciertamente raquítico el contenido de la palabra amor visto así.

 -¡Ana, por Dios, no hables así! El amor es el cemento  que une el mundo, la base única de la armonía y la libertad: nada valioso se ha hecho nunca en la tierra que no esté inspirado por el amor.

 -Te comprendo. Es cierto lo que dices, tan verdadero como lo que digo yo. Lo que pasa es que vemos las cosas desde ángulos diferentes. Te explicaré mejor a qué me refiero narrándote uno de los capítulos de mi vida que más marcó mi carácter e influyó sobre el rumbo de muchos años de mi existencia. ¿Te acuerdas de Juan, mi segundo novio?

 -¡Vaya! ¿Cómo no voy a acordarme? Juan era el mejor partido del pueblo. Cuando se declaró el compromiso entre ustedes, muchas muchachas lloraron de envidia. Tú estabas feliz y radiante. Parecías cada día más joven y lozana, sonriente y fresca como una rosa recién abierta. Ya ves que si recuerdo bien.

 Ana esboza una tenue sonrisa en la que hay algo de melancolía. Sus ojos brillan de manera singular.

 -De verdad me creí que tenía a  Dios agarrado por una pata. Estaba muy feliz por aquellos días. Tal vez si  hubiera tenido otras ideas en mi cabeza todo no hubiera resultado tan mal. Mi concepto sobre el amor entre un hombre y una mujer nació y se robusteció  en las lecturas de Corín Tellado y Caridad Bravo Adams y  en los sueños fantásticos que tejíamos cada noche. A mi se me metieron dentro hasta echar  unas raíces tan fuertes que todavía no he podido arrancar por completo.

 Soñaba despierta con un hombre de seis pies, delgado, atractivo, con ojos penetrantes y voz profundamente varonil. Otras veces era rubio, alto, de azul cielo la mirada. Eran hombres que me amaban con locura. Yo deslumbrante de blanco, con el traje más hermoso que nadie imaginara, caminaba como entre nubes hacia el altar y hasta sentía la brisa del mar rezumante de sol y de sal que mojaba mis labios en lo alto del mar caribe en aquella inolvidable luna de miel.

 Cuando comencé a enamorarme de Juan puse en ejecución la historia que de antemano había elaborado, la novela de mi vida. Puse cuidado en cada detalle que le agradara. De verdad sentí algo insólito y efervescente. Me volví una luz rutilante.

 Había cosas muy tiernas  en mis sentimientos, cosas que no tenían que ver con las ideas de príncipes azules y novelas rosa que tanto me afectaban. Juan nunca pudo captarlas.

 La gota que colmó el vaso fue el incidente entre Petra y yo. Me contó que ella y Juan se amaban. Que él el pertenecía y que estaba conmigo por el compromiso público. Me pidió que lo dejara en paz, ya que era a ella a quien realmente quería.

 Aquella noche no dormí. No tenía a nadie con quien hablar, nada más en que preocuparme que no fuera el curso de mí novela personal. Nada que hacer que no fuera alimentar y sostener el amor de Juan. Sola me quede con mis dudas, inevitables y corrosivas. Sola hasta que la mañana me anuncio que llegaba con su transparentada aurora que no puede ver, ni sentir, porque ya a nada hacia  caso que no fuera mi amor por Juan. No me importaba si el río estaba limpio o sucio, si cantaban los pájaros, si un niño reía o moría en la vecindad, si caían las hojas o retoñaban. Mi universo era Juan.

 En la soledad de mi habitación sentí miedo en aquella larga noche. Juan lo era todo para mí, sin él yo no era más que una hoja seca que el viento arrastraría a su antojo.

Las horas de la mañana  se arrastraron pesadamente por todos los pasillos de mi mente.

 Su voz se quiebra, se pone de pie,  entra apresuradamente a la casa. Yo me quedo sin saber qué hacer, pero antes de que reaccione Ana regresa. En sus manos aprieta un papel amarillento.

 -Esta es la carta que me envió Petra.

 

“Amado Juan:

 Auque te veo a diario, necesito decirte que te quiero. Hay cosas que  te puedo expresar  con más facilidad por escrito, por eso hoy, día en que están  brillando todos los colores del firmamento, te digo: contigo vi llenarse todas mis insatisfacciones y vacíos afectivos.

Sentí como se unían los puntos quebrados de la vida con las estrellas. Vi el amanecer reverberante de belleza hablar en sonidos hondos y acariciantes; y a las cayenas, frágiles y frescas, fosforecer con la llegada de la aurora. Hice conciencia por primera vez de mi íntimo vínculo con las flores silvestres, los pajarillos que cantan ignorados por la prisa, la magia que resplandece en los niños y la respiración de los árboles.

 Y sentí que nacía a las palpitaciones escondidas de la vida el día que llego la

 Primavera a la orilla del río. Los lirios acuáticos  en sereno silencio cantaban su húmeda canción y la tierra rota de pequeños manantiales olía a raíces de vida.

Algo me tomaba de la mano ocultándome la maldad y el egoísmo.

Ante mis ojos,  en el comienzo mismo de mis pasos, se abre una sabana sin fronteras, toda llena de margaritas blancas. La mirada se me pierde en un horizonte luminoso de cielo y margaritas.  Así es esto que me enciende,  Juan.

 Tu Ana.”

 

Ana esperó que yo terminara de leer y como adivinando mi confusión me dijo:

 -Esa carta se la envié a Juan al inicio de nuestro enamoramiento.

 Luego me extendió la mano, en ellas tenia un papelito de traza amarillento, con una breve nota. Un vistazo y comprendí de golpe todo lo que Ana quiso decirme con aquel relato.

 

“Petra adorada:

 Fíjate que desabrida y tonta es esta Ana con la que por error me metí en amores. Qué diferente eres tú, apasionada y práctica. ¿Qué esperas para decirme que si? ¿Quieres más demostraciones de que es a ti a quien amo?

 Juan.”

 

 Ángela Hernández

Céspedes, Diógenes. Antología de cuento Dominicano. 1996

 

 

 

 

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